Acaba la clase y los alumnos recogen cuadernos y se ponen los abrigos. El primero que llega a la puerta da un grito. Está cerrada.

Quien oficia la boda pregunta "si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora o que calle para siempre". Sucede en mil historias de ficción y es un momento que no suele defraudar.

Cartel de no molestar

Pegado sobre el timbre, el cartel advierte: "no llamen al timbre ni toquen a la puerta, gracias". Inevitable hacerse muchas preguntas. A quién espera. A quién no quiere ver. Qué pasa dentro. Quiénes están tras la puerta.

Da para un relato, ¿verdad? Pues al ataque.

 

"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir". Con estas palabras comenzaba José Saramago su discurso de aceptación del Premio Nobel. Reconocía así una sabiduría más allá de las aulas y universidades, una sabiduría que encontraba bajo las ramas de una higuera y en las historias que su abuelo le contaba hasta que les vencia el sueño.

¿Os habéis parado a pensar la de cosas que pasan en las bibliotecas? Julián Marquina sí. Desde su blog nos cuenta historias sobre rodajas de chorizo usadas como marcapáginas, libros desaparecidos (y encontrados) o incluso amantes sorprendidos en los servicios de la biblioteca.

En clase escribimos una frase que se podría utilizar para comenzar una historia. Lo hicimos sin pensar en cómo continuaría. La oración era un fin en sí mismo.

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